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60 años sin Rosalind Franklin, la científica ignorada en la doble hélice del ADN

Autor: |
Abr
16
2018
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Sesenta años no son nada. O lo son todo. Es el tiempo, por ejemplo, que ha transcurrido desde que con 14 años Bobby Fischer ganó su 1° Campeonato de EE.UU. de Ajedrez. Son los años que han pasado después de que Bertrand Rusell lanzase su campaña a favor del desarme nuclear, en plena Guerra Fría. Seis décadas es además lo que ha avanzado el almanaque tras la elección del papa Juan XXIII o —en otro orden, mas mundano— el final del 1° Sputnik soviético.

Sesenta años es el tiempo que se ha cumplido desde la muerte, un dia como hoy, en Chelsea, de la científica Rosalind Franklin. Quizás la historia no la haya encumbrado a los niveles estratosféricos de popularidad alcanzados por Bobby Fischer, Juan XXIII o los Sputnik soviéticos, sin embargo Rosalind Franklin es por derecho propio una de las enormes científicas del siglo XX, el mismo que vio como —durante sus años de universitaria en la Sorbona— Marie Curie pasaba calamidades en una buhardilla de París para iniciar la carrera académica que décadas después la haría merecedora de 2 premios Nobel.

Una imagen elemental en Biología

El peso de Franklin en la Biología moderna es indiscutible. Suyo es el mérito de alcanzar una de las fotografias mas decisivas en la historia de la ciencia —con permiso de la fugaz que en 1927 tomó Benjamin Couprie en Bruselas durante el 5° Congreso Solvay—: la “Foto 51”, en la que se aprecia la estructura de doble hélice del ADN.

La razón por la que su nombre ha quedado entre las penumbras de la historia no es la importancia de su trabajo. Tampoco su talento. Ni su empeño. Ni siquiera su sacrificio, en varios aspectos equiparable al de Marie Curie o su hija Irène. Al equivalente que ellas, Rosalind falleció antes de tiempo, a punto de cumplir los 38 años, a causa de un cáncer de ovarios que posiblemente le causó la sobreexposición a las radiaciones durante sus largas jornadas en el laboratorio.

franklin

El fundamento que expone que 6 décadas después de su muerte Franklin no goce del reconocimiento que merece es un “cóctel” en el que se combinan los anquilosados prejuicios de su tiempo y la usurpación de sus méritos. Durante su carrera, Rosalind Franklin tuvo que encarar todo tipo de dificultades. La primera, la negativa inicial de su padre a que encaminara sus analisis hacia las ciencias —ironías del destino, a pesar de que él mismo se había sentido tentado por ese derrotero cuando era joven—. La mas grave, la “traición” que hizo que su trabajo terminase en manos de otros científicos que alcanzaron popularidad y prestigio sin reconocerle a ella sus méritos.

La vida de Rosalind Franklin jamás fue fácil

Rosalind Elsie Franklin nació en Londres, a terminos de julio de 1920. Sus padres eran Ellis Franklin y Muriel Walley, originario de una dinastía polaca que había hecho fortuna el 1° y de una estirpe de judíos religiosos la segunda. Quizás basada por Albert Einstein, a quien escuchó durante una de sus conferencias, decidió lanzarse de cabeza y con los ojos cerrados al repaso de la ciencia. Tras un victorioso paso por distintos centros, con 18 años aprobó el examen de ingreso en el Colegio Newnham de Cambridge.

Su padre, que a pesar de su formación científica seguía los pasos de una estirpe de banqueros, no aprobó la decisión. Para presionarla y que escogiera otra carrera decidió retirarle la paga con la que Rosalind vivía. Si pudo continuar adelante con sus analisis en Cambridge fue gracias al apoyo de una de sus tías, quien sí supo comprender su vocación y talento. Poco después el progenitor pareció convertir de postura y la joven recuperó su asignación.

En Cambridge Rosalind entró en contacto con William Lawrence Bragg, sucesor de Ernest Rutherford al frente del laboratorio Cavendish. En 1915, con solo 25 años, Bragg había colaborado con su padre, William Henry, el Nobel de Física por sus analisis de la estructura cristalina por medio de los rayos X. La influencia de Bragg sería decisiva para que Franklin se adentrase en el repaso de la cristalografía.

A principios de 1941 Rosalind logró su titulo de Química y Física y poco después empezó a aprender el carbón en la British Coal Utilisation Research Association (BCURA). Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en el 46, defendio su tesis doctoral.

Fotografía 51: historia de una traición

Por influencia de la científica gala Adrienne Weill —antigua alumna de Marie Curie— entre 1947 y 1951 Rosalind estudió en París. Su paso por la capital francesa fue decisivo. A nivel profesional, sin embargo además personal. Allí fue donde se familiarizó con la técnica de difracción de rayos X que tanto le serviría en sus estudios. A su retorno a Inglaterra, logró una plaza en el King´s College de Londres, donde recibiría el pedido de averiguar en la estructura del ADN.

El contraste entre el ambiente abierto del Laboratorio Central de Servicios Químicos de París y el machismo reinante en el King´s College londinense tuvo que resultarle rigido a Franklin, lo que no impidió que hiciese fundamentales mejoras en sus investigaciones con la asistencia de su alumno de doctorado, Raymond Gosling. El mas significativo —crucial para la biología del siglo XX— fue el que logró en mayo de 1952 con la difracción de rayos X: la famosa “Fotografía 51”. En ella se apreciaba con nitidez la estructura de doble hélice del ADN.

En el King´s College Rosalind tenía un compañero con el que no mantenía una relación demasiado buena: Maurice Wilkins, un fisico neozelandés que se dedicaba además a buscar el ADN y que había estado asistido por Gosling antes de que este empezase a apoyar a Rosalind. Wilkins era además colega de James Dewey Watson y Francis Crick, 2 examinadores de la Universidad de Cambridge que intentaban desentrañar los misterios de la estructura del ADN sin demasiado éxito. A principios de 1953 y sin el permiso de Franklin, Wilkins mostró a Watson la “Fotografía 51” que la química había conseguido varios períodos antes. Por entonces Rosalind todavía no había anunciado nada para dar a saber sus hallazgos.

“En cuanto vi la imagen quedé atónito y se me aceleró el pulso”, explicaría años mas tarde Watson al recordar el instante en el que Wilkins deslizó ante sus ojos la “Fotografía 51” sin el permiso ni conocimiento de su auténtica autora. Apenas unos períodos después de esa “revelación”, en abril, los examinadores de Cambridge publicaban en Nature su oferta de estructura de ADN.

Bajo el titulo Estructura molecular de los ácidos nucleicos, la prestigiosa revista acompañaba el capítulo de Watson y Crick de otros 2 textos: uno muy técnico, de Rosalind y Gosling, sobre las fotografias que habían obtenido; y otro firmado por Wilkins. Aunque la aportación de la química de Chelsea había sido decisiva, en su trabajo Watson y Crick solo la mencionan de pasada por el “estímulo” que les brindó.

Tras la estructura del ADN, aparecieron los virus

A pesar de lo avanzado de su exploración y de que algunas voces sostienen que solo las prisas de Watson y Crick hicieron que se adelantasen a las propias conclusiones de Rosalind, quien ya habría alcanzado ideas similares, la joven decidió abandonar esa linea de estudio. En su decisión pesó además el hartazgo que sentía por la atmósfera del King´s College. Poco después lo cambiaba por el Birbeck College de Londres bajo la dirección de John Bernal.

Su carrera no se frenó. Rosalind centró sus investigaciones en el virus del mosaico del tabaco y el poliovirus, causante de la polio en humanos, enfermedad infecciosa que perjudica de forma especial a los chicos menores de cinco años y de la que en 1988 —según los documentos de la Organización Mundial de la Salud— se detectaron unos 350.000 casos en el mundo.

En 1956 la joven científica aceptó un rigido mazado: un diagnóstico de cáncer de ovarios. Franklin se sometió a algunas operaciones y a un tratamiento de quimioterapia, sin embargo fallecía poco después, el 16 de abril de 1958. No había cumplido los 40. Solo 4 años mas tarde, en 1962, Watson, Crick y Wilkins recibían en Suecia el Nobel de Fisiología o Medicina por sus analisis sobre la estructura del ADN. En su discurso no se reconoció a Rosalind su papel determinante.

La historia tardaría años todavía en poner a Franklin en el lugar que merece. En 1968 James Watson lanzó un libro sobre el descubrimiento de la estructura del ADN en el que volvía, en varios pasajes, a minusvalorar la tarea de la científica. Años después, en 1975, Anne Sayre, amiga de la investigadora, publicaría Rosalind Franklin and the DNA para reivindicarla.

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